Los miedos. Existen muchos y diversos
miedos, tantos o más que personas en el universo, y cuando a una de
estas personas le preguntas algo tan aparentemente simple como a qué
le tienes miedo, suelen contestar cosas tan absurdas como miedo a las
arañas, a las alturas, a los perros, al agua, a la oscuridad o
incluso a los payasos. Y sí, no dudo que esos sean miedos, pero
todos sabemos que cuando hablamos de miedos hablamos de algo más
allá de todo eso, más allá de cualquier araña o payaso. Esa
clase de miedos suelen tener una historia detrás, algún escondido
motivo por el cual le tenemos ese miedo al agua, una mala experiencia
que explica todo y a la vez te ayuda a superarlos.
Pero los Miedos,
los que se merecen la “M” mayúscula, son aquellos de los que
apenas tenemos experiencia, aquellos que quizá no sabemos que
existan hasta que no le damos la importancia que se merecen: miedo a
no realizar tus sueños, miedo a olvidar y a que te olviden, miedo a no arriesgarte por
lo que quieres o miedo a hacerlo, miedo a querer, miedo de nosotros mismos, miedo del tiempo, miedo a la
soledad, miedo a morir, miedo a vivir... Son estos Miedos, los que no
pertenecen el mundo exterior sino a nuestro escondido universo, los
más peligrosos, los que nos impulsan a dar los pasos que construyen nuestro camino, son los que nos ayudan a tomar decisiones, nos conducen a dejar escapar oportunidades, son los que nos impiden seguir caminando, los que nos atrapan y nos nos dejan vivir como se merece vivir una vida y nos terminan arrebatando el puesto de dueños de nuestra propia existencia.
Pero si la gente no nombra esta clase
de miedos cuando le preguntan se puede deber a dos razones: no
saben que los tienen o por el contrario son lo suficientemente inteligentes o estúpidos para mantenerlos escondidos en su universo.
Pero a pesar de todo: ¿Qué sería de nosotros y del mundo sin Miedos?
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